A quién se rinde cuentas

a quién se rinde cuentas
sino a la consciencia
esa madeja que lentamente se convierte en pelota
ese animal ensortijado que quiere saber cómo llegó devanado hasta aquí

hay dos caminos para resolver esa incógnita
uno, el más ingenioso, es tejer algo, quizá una bufanda, mientras se devela el proceso
el otro, el más dañino, es coger el serrucho y serruchar hasta llegar a la médula
cualquiera de los dos, al final, evidenciará cierto tipo de memoria

si se procedió con bondad y claridad
los recuerdos serán abundantes y dibujarán prendas enormemente bellas
por el contrario, si se procedió con maldad y ceguera
los recuerdos serán escasos y posarán como andrajos

la consciencia es un acto de fe
envuelto en pijamas con pies, siempre es independiente (puede salir y correr)
y, a la vez, subordinado 
por eso muchas veces el que duda responde: “depende”

como la pelota ensortijada que es
a veces la consciencia actúa de manera trágica 
como cuando nos resta solamente un poquito de culpa  
o cuando decide quedarse sencillamente estancada

otras veces actúa de manera cómica 
porque sabe de nuestras miserias, intrigas, maniobras 
su mejor arma es el rato menos pensado
de ahí que sea necesaria una dosis de humor directamente proporcional a una de espanto

cómo hacer que la consciencia, en sí, no se convierta en tragicomedia 
la receta ideal: evitar ciertas cosas que terminan en “-miento”
como “arrepentimiento”, “remordimiento”, “resentimiento” 
¿cómo hacer eso? con un ovillo de honor y decencia

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